¡Es evolución, baby!*

Originalmente publicado el 20 de marzo en Plaza Pública: http://www.plazapublica.com.gt/content/es-evolucion-baby

Todos saben que caerán si saltan por la ventana y que una bombilla emitirá luz al encenderla. Pero si digo que la vida en la Tierra ha evolucionado desde su aparición hace unos cuatro mil millones de años, no todo el mundo estará de acuerdo.

Sin embargo, la teoría de la evolución está tan sustentada por evidencia como la teoría electromagnética y la gravedad: son hechos científicos. La diferencia es que los objetos caen en segundos, los planetas giran alrededor del Sol en tiempos relativamente cortos y las aplicaciones de la teoría electromagnética están al alcance de la mano. En cambio, no vemos la evolución “pasar” en lo que dura nuestra vida. La evolución toma mucho tiempo, no ocurre en un individuo o en un par de generaciones; le ocurre a las poblaciones luego de varias generaciones. El segundo episodio de Cosmos lo explica muy bien, definitivamente lo recomiendo. La complejidad de la biodiversidad, todas sus gracias –y también sus torpezas– tienen una explicación: ¡es la evolución!

Los humanos hemos practicado la selección artificial desde que nos volvimos sedentarios. Somos expertos en acelerar ese proceso natural que algunos se empeñan en negar.  Domesticamos y modificamos cientos de especies para nuestro beneficio, con métodos cada vez más sofisticados.

La certeza de la evolución no implica que sea natural que destruyamos otros seres y agotemos los recursos por creernos la especie dominante (pregunte a los millones de especies microscópicas su opinión sobre nuestros delirios de grandeza). Al contrario, despierta un sentimiento de unidad con toda la vida que nos rodea. Todos estamos conectados y pertenecemos a una misma familia. Compartimos un mismo origen, un ancestro común. Tanto, que nuestro ADN guarda similitudes de más del 10% con la levadura, más del 20% con las uvas, más del 40% con la mosca de la fruta, casi el 90% con un ratón. Compartimos más del 90% con los chimpancés.

Si había que sentirse parte de un todo, la ciencia dice por dónde, con evidencia y sin necesidad de fumadas new age. El lazo que nos une no es un lazo sobrenatural moldeado al gusto de cada quien. Es el legado de lo que la vida ha aprendido hasta hoy: no lo que nosotros hemos aprendido, sino lo que la vida ha aprendido. Es tan antiguo y tan fuerte que no ha sido roto en cuatro mil millones de años de registrar y transmitir lo que sobrevive a través del tiempo, lo que funciona, lo que nos hace fuertes, lo que nos moldeó así. De generación en generación, transmitimos el mensaje sagrado de la vida, de la supervivencia. Y el aporte de cada organismo, el “error”, la variación, es bienvenido para experimentar nuevas posibilidades. Ha sido el proceso generador de la vasta biodiversidad que habita la Tierra, bellamente representada por la metáfora de un gran árbol con un tronco y miles de ramificaciones. Cada experimento tardará generaciones en mostrar sus resultados. Es un secreto revelado parcialmente: la biología y la genética nos acercan a lo que puede conocerse: los mecanismos que nos llevaron ser lo que somos hoy. Sólo el futuro revelará la parte que aún está en construcción con cada transmisión de ADN ejecutada por cada ser vivo. No la conoceremos nosotros.

Comprender la evolución no es una experiencia de arrogancia, sino de humildad y de unidad. Es un llamado a dejarnos de estupideces como pensar que toda la vida está a nuestro servicio, que estamos aquí para multiplicarnos y dominar la Tierra; creer que hay razas superiores, que las mujeres son inferiores, que el que se ve u opina diferente es menos. Es un llamado a revisar el concepto de otredad. ¡No es posible obviar que compartimos aproximadamente un 99.9% de ADN con cualquier otro ser humano! Sin embargo, lejos de ofrecer una visión masificadora de la vida, nos otorga evidencia de que cada uno de nosotros es único e irrepetible. Ese 0.1% hace la diferencia.

Hoy, sin acudir a otros recursos, por un momento siéntase único y a la vez parte de un todo donde comparte con cada cuerpo que existe la materia fabricada por las estrellas. Siéntase hijo directo de la química estelar, que se inició en la infancia del Universo hace más de diez mil millones de años. Siéntase receptor, vehículo y coautor del mensaje que dice cómo la vida ha llegado hasta aquí y hacia dónde se dirigirá, qué formas tomará. Siéntase grande y pequeño al mismo tiempo. Y siéntase afortunado por vivir en una época en que es posible saberlo.

It’s evolution, baby, tomado de la canción Do the evolution, de la banda Pearl Jam del álbum Yield (1998).

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