Sobre los futuros del Congreso

Por Eduardo Ortiz Tánchez

Habiéndome enterado de la transferencia de fondos del Congreso hacia la compañía „Mercado de Futuros“, se me ocurre darle una entradita a este blog con algunos detalles interesantes que se vienen a mi mente. Con ellos intento acercarme de forma más o menos ilustrativa a las tenebrosas preguntas: A qué se mete el congreso invirtiendo 82 millones de quetzales en una casa de bolsa (internacional: hedge fund)? Y especialmente, por qué?

Primero intento recordarme de la definición exacta de un contrato de futuros. Y para pintarla más exactamente, doy un vistazo a la página web de la compañía referida. En breve, esta compañía ofrece el acceso a los mercados mayoristas de dos tipos de bienes: monedas y bienes de consumo (los famosos „commodities“), a cambio del pago de ciertas cuotas discrecionales. Como resultado, los clientes (como ahora el Congreso) están en la posición de adquirir una cantidad específica de soya (o trigo, o maíz, o petróleo, o dólares, o euros, o…) en una fecha del futuro (digamos al cabo de la próxima cosecha) a un precio que se estipula hoy. El objetivo de las compras o ventas es para el mercado irrelevante, así que éstas se prestan tanto a negocios reales de aprovisionamiento como a la especulación. Si no se sobreentiende, una corta aclaración: el Congreso no va a aprovisionar con sus finanzas a nadie, dado que esa no es su función y menos la del dinero asignado a él. El objetivo es multiplicar el dinero especulando, al estilo del ejemplo siguiente: Quién compró en el pasado 1000 unidades (c/u a 40000 galones) de soya, datado para el primero de julio del presente y pagó 650,000 dólares, sacará 75,000 de ganancia (alrededor de 9.3%) vendiendo su contrato hoy, dado que el precio actual del contrato se remonta a 0.018125 USD por galón. Por lo contrario quien haya pagado 800,000 dólares, habrá perdido la misma cantidad.

La pregunta relevante en este contexto es cómo pretendía la dirección del Congreso obtener beneficios de estas transacciones. Luz en la oscuridad se obtiene investigando las ofertas de „Mercado de Futuros“, en el Internet. Estas varían desde un fondo común que ofrece intereses fijos hasta la erección de una cuenta propia (seguramente carísima) para especular a pleno gusto, pasando por varios modelos intermedios. Sería muy interesante saber qué plan de inversión escogieron los directivos del Congreso para especular esos fondos. En el caso de la cuenta propia o cualquier cuenta con derecho a decidir, cada centavo perdido sería responsabilidad directa de la dirección de finanzas del Congreso. ¡Una situación inaudita, pensando que probablemente uno o dos bolsistas amateurs deberían arreglárselas para estimar los precios del futuro!

Si el Congreso optó por el fondo común, la empresa ofrece una „garantía de capital“, así que dos escenarios con resultados diferentes son posibles. En el caso benigno, se renuncia solamente a los intereses relativamente seguros de un banco, y se apuesta a que se cumplan las predicciones del hedge fund sobre los precios de ciertos bienes. En general, se incurre en un riesgo considerable (piénsese en la inestabilidad actual de los precios) el cual, no obstante puede rentarse, si bien de la mano de la fortuna. En el caso maligno „Mercado de Futuros“ cae en virtud de sus operaciones en quiebra y pierde todo el dinero invertido. Tratándose de una empresa fuera del sistema bancario, nadie estará obligado en tal caso a rendir resarcimiento. Estaríamos en la película „Bancafé 2“, otra vez con unos pocos „genios“ en el papel de victimarios.

Lo alarmante de la situación es que no existe ninguna información disponible para dudar de la probabilidad del escenario maligno. Instituciones de gran prestigio ya han sido víctimas de sus propias operaciones de futuros, siendo el Barings Bank del Reino Unido su clara punta de lanza. Barings, el banco mercantil más antiguo de Inglaterra y banco personal de la Reina, cayó en la bancarrota en el año de 1995 luego de que un empleado llamado Nick Leeson apostara descontroladamente a favor de la economía japonesa. La pesadilla lo alcanzó a él y a todo el sistema bancario británico el 17 de enero de 1995, cuando un gran terremoto sacudió a Kobe y mandó los índices financieros nipones a pique. El 27 de febrero de 1995, Barings contaba con pérdidas de mil cuatrocientos millones de dólares, el doble de su capital disponible. Posteriormente, instituciones nacionales e internacionales han introducido medidas obligatorias de control de riesgo en varios países (particularmente a partir de los convenios de Basilea), las cuales sin embargo no afectan a los hedge funds.

La elección del plan de inversión daría también indicios sobre la posibilidad de un motivo criminal grave. El detalle adicional es si la dirección de finanzas del Congreso intentó manipular los documentos de la transacción. En el caso de una inversión en el fondo común, documentada limpiamente, podría argumentarse que los riesgos fueron tomados ingenuamente y desconociendo los riesgos, en la esperanza de aumentar los fondos monetarios del Congreso. Por el contrario, la elección de otro plan de inversión, particularmente al lado de documentos falsificados daría indicios de seria actividad criminal. En este caso, los ahora acusados estarían poniendo en juego el dinero ajeno, e intentarían enriquecerse con beneficios no declarados sin incurrir en riesgos monetarios propios. Aún el motivo supuestamente legítimo de beneficiar al Congreso tendría una contraparte moral negativa. El efecto de participar especulativamente en los mercados, si se apuesta por alzas en los precios, es invariablemente de aumentar la demanda que empuja los precios hacia arriba. En tiempos de inflación e inestabilidad económica es el gobierno quien menos debe ejercer presión sobre la canasta básica, y mucho menos especulando.

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7 respuestas a Sobre los futuros del Congreso

  1. Eduardo dijo:

    Buena pregunta… lo curioso es que en este caso ni siquiera habría un beneficio inmediato, pues el pago viene al fin del contrato. En la posición de nuestros países, de cara a las crecientes presiones para reducir el calentamiento global, sería una medida tontísima ponerle precio ya a los recursos.

    En muchos casos, los futuros son necesarios por razones organizativas y logísticas y tienen un volumen comercial más grande que las transacciones inmediatas (“al spot”), pero entonces hay que asesorarse muy bien para estimar precios adaptados al riesgo. Como ejemplo, el asunto de importaciones y exportaciones de electricidad aquí está complicadísimo, y me gustaría saber si Guatemala importa energía de sus vecinos.

  2. gordoponce dijo:

    Y variando un poco el tema: ¿No se les ha ocurrido a los “padres de la patria” entrar al mercado de futuro como vendedores? Porque esa es la otra cara del pecado: arriesgar el patrimonio de las futuras generaciones para obtener algún beneficio inmediato. Me parece recordar que a los mexicanos les pasó algo así con el petróleo hace unos años; vendieron anticipadamente la producción, y cuando les tocó entregarla el precio había subido, pero no les quedó más remedio que vender al precio pactado anteriormente. Hay que estar “ojo al Cristo”, no vaya a ser que un día nos enteremos de que los bosques, el agua y el aire de Guatemala ya tienen otro dueño…

  3. Eduardo dijo:

    Hola Kike!

    Tu observación es lógicamente correcta y vale en todo menos en la última conclusión, pues olvida el detalle esencial del crecimiento económico. Este nos lo podemos imaginar pensando que, en el promedio de todos los bienes, el valor monetario del grueso de las transferencias comerciales no es constante en el tiempo, y que generalmente crece. Así que quien tenga los mejores modelos (si estos pueden ser definidos) y los mejores procedimientos en el futuro puede obtener más dinero que hoy.

    Hay, sin embargo, un aspecto que le da a tu escenario un sabor verdadero. Este es que en el valor real de los bienes actúan el cambio del valor monetario y la inflación. Por eso las ganancias en bonos del estado (sin riesgo en tu moneda, pues el estado la puede imprimir) son más que todo aparentes, y para los propósitos de la matemática financiera, no existen. En los problemas de inversión particulares, la clave es estimar correctamente la dirección y magnitud de las fluctuaciones.

  4. Enrique dijo:

    Eduardo, suponiendo entonces que tenemos un conjunto de bancos que hacen inversiones y cada quien usa su modelo secreto. Partiendo de la hipótesis de que el mejor modelo matemático del mercado dará a su dueño las mayores ganancias, podría ser que un cierto banco A inventó un mejor modelo del mercado del que tenía el banco B y ahora son ellos (banco A) los que obtienen las mayores ganancias. Y así podríamos ir pasando el turno de quién es el que gana más (teniendo el mejor modelo) al banco C, D, E, etc. Si esto es así, pareciera que tener un modelo secreto tampoco asegura ganancia constante, pues la competencia también está mejorando constantemente sus modelos matemáticos. Entonces, en promedio no hay ganancia neta, pues el “poseedor de las mejores fórmulas” es un título que va cambiando de dueño. ¿Es mi idea correcta o tal vez muy simple para que refleje la realidad?

  5. Eduardo dijo:

    Hola Gustavo!

    En general, sí hay métodos relativamente científicos para apostar en futuros, como en otros productos financieros. Estos caen en dos categorías:

    – modelos del movimiento de los precios subyacentes (aquí los alimentos) y otros factores de riesgo (como los tipos de cambio)
    – modelos de construcción del portafolio en función de los riesgos del momento (como la varianza (“volatilidad”) de los precios subyacentes).

    No obstante, el problema fundamental de la inversión es que la confrontación matemática solo puede darse desde la perspectiva de una estadística (como la media o un cuantil). Así que no se vale comparar las ganancias contra un viejo inversionista y su colmillo, sino contra un “benchmark” del inversionista promedio (dado por un índice como el Dow Jones o el Dax).

    Aquí sé de experiencia propia que, dadas ciertas condiciones, es posible batir con cierta confiabilidad al benchmark. Pero una condición importantísima es la secretividad de tu modelo, ya que si todo el mundo lo usa, este va a reflejarse en el benchmark. Así que, compitiendo contra los modelos intrincados (y secretos) de los grandes bancos de inversión, hablamos de una tarea seria.

    Ciertamente un tema apasionante, pero regresando al punto original: a qué riesgos pretendería una institución no especializada del gobierno, igualar (no digamos batir) las ganancias de un inversionista promedio? Recordemos la vieja máxima: “más ganancia sólo a más riesgo”. Los precios de los alimentos están dando saltos brutalmente impredecibles en tiempos cortos, dando oportunidades de ganancias gigantes, y de pérdidas gigantes. Por eso ninguna institución de un gobierno inteligente y prácticamente ningún ciudadano en sus cinco sentidos especula en futuros alimenticios. (De ajuste los costos de transacción hacen una tontería invertir montos pequeños en futuros). Es cierto, hay productos aún mucho más complicados y riesgosos. Pero, exagerando un poco: Quién invertiría en saber el número de moléculas de un metro cúbico de viento? Tal vez sólo los que lo hacen con dinero ajeno.

    Perdón por la última frase… no quisiera quedar con la última palabra. Por eso, más comentarios y preguntas, bienvenidas!

  6. gordoponce dijo:

    ¿Hay alguna manera más “científica” de apostar dentro de estos mercados de futuro? En concreto: si el congreso decidiera hacer la inversión basado en las recomendaciones de un panel de econofísicos, economistas y corredores de bolsa profesionales en vez de confiar en la intuición de un par de bolsistas aficionados. ¿Tendríamos una garantía razonable de obtener ganancias? ¿Tienen ya los econofísicos herramientas como para recomendar un “portafolio ganador” con un margen de confiabilidad significativamente más alto que el que darían el buen juicio o el “colmillo” de algún viejo inversionista?

  7. Enrique dijo:

    Muy interesante. Me pregunto se habrá alguna ley que prohíba andar haciendo malabares con fondos públicos.

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